miércoles, 18 de abril de 2007

Los Dueños de la Información

La baja rentabilidad económica de la mayoría de las empresas periodísticas revela la existencia de razones de otro orden en la concentración de la propiedad de los medios.
De nueve diarios de alcance nacional existentes en Chile, ocho están relacionados a través de su propiedad a la derecha política y económica. De siete frecuencias televisivas con base en la Región Metropolitana, dos de ellas, ambas con transmisiones hacia todo el país, concentran más de la mitad del total de la inversión publicitaria y de la audiencia televisiva.
Detrás de los actores dominantes de cada uno de los mercados de la comunicación se parapetan dominadores de otro signo, pero de una misma especie. En la lógica de la concentración, los grandes consorcios periodísticos poseen un común denominador que ha pasado a ser condición de subsistencia: fortaleza económica para asumir un negocio con una dudosa rentabilidad económica y un riesgo financiero alto. De hecho, se sostiene, y no sin razón, que la verdadera motivación de algunos por controlar determinados medios de comunicación reside en otro tipo de rentabilidad, asociada a beneficios políticos e ideológicos de largo plazo, sin retornos inmediatos.
El sistema de medios no es el mismo de hace unas décadas. Los cambios de la seudo democracia sólo consolidaron una realidad decretada con mano militar. El subsidio para los voceros y el silencio para los detractores. Cierto periodismo vestido de no vidente se sumió en el mutismo y otro con vocación de verdad debió buscar otros oficios. Eso, durante años. Tras noches de mentira, alguna prensa se empinó sobre sus propias debilidades, pero desfalleció finalmente ante las leyes del mercado. La libre empresa acaparó los titulares de la prensa escrita porque la prensa escrita debió convertirse en libre empresa. Las imagenes superaron a la palabra y adquirieron sacralizada dependencia de unos cuantos censores de moral extrema. Las mismas sanguijuelas del poder político y económico se repiten en la propiedad de palabra e imagen, de sonido y letra. Baste para graficarlo un pequeño recorrido por las actuales estructuras de propiedad y algunas breves reflexiones sobre otro tipo de comunicación.
La Prensa Escrita
Sin ningún tipo de contrapeso, la prensa escrita diaria ha sido durante largos años un consolidado duopolio, mantenido con subsidios estatales y beneplácito gubernamental. Los dos consorcios líderes son la cadena El Mercurio, de la familia Edwards, que acapara más del 60% de la inversión publicitaria en diarios y el Consorcio Periodístico de Chile S.A. (Copesa), de propiedad de los hermanos Pico Cañas hasta hace varios años, que controla más de la mitad de las ventas a público.
El Mercurio es el grupo periodístico más antiguo del país. Con más de un siglo de existencia, por su dirección han pasado cinco Agustín Edwards, algunos de los cuales fueron diputados, senadores e, incluso, precandidatos presidenciales, todos leales representantes del más extremo conservadurismo derechista. La empresa familiar edita dos periódicos de alcance nacional, El Mercurio y Las Ultimas Noticias, y el más importante vespertino de Santiago, La Segunda. Además, es propietaria de una cadena compuesta por quince diarios regionales de norte a sur del país y de Paula Comunicaciones (revistas Paula, Elle y Turistel).
Durante la década del 60, la familia Edwards se transformó en el primer y más importante grupo económico del país, con presencia en todos los sectores de la economía, participación accionaria en más de 60 firmas y un patrimonio equivalente al 20% de los capitales sociales del país. Su poder económico declinó con los años, pero su poder político e influencia siguieron inalterables. Sus contactos atraviesan toda la clase política chilena, desde la derecha más recalcitrante hasta una izquierda risueña y olvidadiza. Datos sobre los pecados del clan Edwards hay muchos y cuentas pendientes, demasiadas. La historia de los Edwards es la historia de la dominación en Chile, y sobre eso podrían, claro está, llenarse páginas y páginas.
Sin la misma tradición y prestigio en las altas esferas de la aristocracia chilena, El Mercurio encuentra su principal competencia en Copesa, sociedad creada por los hermanos Pico Cañas, ambos radicales, en la década del 50. La debacle del 82 resquebrajó la débil estructura financiera de la compañía, la que terminó siendo traspasada lentamente a un grupo económico nacido al amparo de la dictadura militar. Aunque el ingreso de nuevos inversionistas al grupo se inició en 1988, sólo en 1995 el control de Copesa adquirió una composición radicalmente distinta. Sergio De Castro, ex ministro de Hacienda y Economía de Pinochet, y Juan Carlos Latorre Díaz, ex discípulo de De Castro en las aulas de la Universidad Católica, controlaban el 50% de la empresa que edita los periódicos La Tercera y La Cuarta, la revista Que Pasa y el matutino gratuito La Hora.
Durante el 2000, la empresa adquirió su actual fisonomía. Alvaro Saieh adquirió a sus socios De Castro y Latorre su participación en la empresa y subió a casi dos tercios su propiedad accionaria. Se mantienen en la sociedad, con porcentajes minoritarios, Carlos Abumohor y Alberto Kassis. Los tres están vinculados a la colonia palestina, por su acsendencia, y a la UDI, en términos políticos.
Saieh y Abumohor lideraban un grupo económico que controla CorpBanca y antes fue dueño de AFP Provida, la que vendieron al español BBVA, y Kassis, uno de los promotores de las reuniones de militares golpistas de 1973, es dueño de Cecinas San Jorge. Copesa considera abrirse a la bolsa en el futuro.
Fenómeno aparte, los diarios de especialización en la información económica en Chile aparecieron a fines de la pasada década. Con políticas editoriales claramente alineadas en la defensa de la ideología neoliberal, Estrategia y El Diario poseen un bajo tiraje, pero acceden a un público objetivo con alto poder de decisión. Mientras que el propietario exclusivo de Estrategia es el ingeniero Víctor Manuel Ojeda, El Diario es controlado por el grupo Claro en asociación con el conglomerado inglés Pearson, dueño de Financial Times (Inglaterra) y Expansión (España). Como accionistas minoritarios participan los empresarios nacionales Andrés Navarro (presidente de la empresa de computación Sonda), José Luis del Río (dueño de Derco, Sodimac y Pesquera Friosur) y Roberto Izquierdo (ligado al sector pesquero y maderero). Los dos primeros son prominentes empresarios de la Democracia Cristiana.
De reciente aparición, El Metropolitano surgió como un medio que rompió en parte la monótona visión de las cosas, pero al poco andar su embrionario pluralismo cedió ante la ideología del dominio. Los dueños -los hermanos Alex e Isaac Hites, propietarios de la cadena de multitiendas del mismo nombre- volvieron a tomar las riendas del periódico y colocaron en su cabeza a personeros estrechamente ligados a la UDI.
La Nación es el único diario con una participación estatal, que en este caso es mayoritaria. Convertido en un periódico de tinte sensacionalista que hasta hace unos años priorizó por la información deportiva, el control gobiernista es riguroso y durante la última campaña presidencial se transformó en una trinchera de combate que rayó en lo panfletario. Su subsistencia económica es asegurada única y exclusivamente por el Diario Oficial, que depende de La Nación y tiene la ventaja de ser el monopolio de la información judicial y legal que debe hacerse pública.
Radio y Televisión
La participación del sector privado en la televisión fue permitida en las postrimerías del régimen militar. Su gravitación en el sistema de comunicaciones creció exponencialmente durante los últimos veinte años, siendo el principal artículo de consumo de la población. Su importancia económica radica en ser el principal destinatario de la inversión publicitaria, desplazando el liderazgo que hasta 1982 ostentaba la prensa escrita. En el país existen 9 frecuencias en la banda UHF. Siete son captadas en toda la Región Metropolitana, la que contiene más del 40% de la población en el país.
La antigua estación televisiva Rock and Pop (Canal 2) pertenece a la Compañía Chilena de Comunicaciones, ex dueña de las radioemisoras Rock and Pop y Corazón, y actual dueña de Radio Cooperativa, todas líderes de audiencia en sus respectivos segmentos. El grupo está relacionado a inversionistas de la Democracia Cristiana.
El canal 4 es controlado por los mismos inversionistas de Copesa, los que manejan la firma desde 1991. Tras problemas financieros y una licitación que intentó resolver deudas con acreedores, De Castro, Latorre, Saieh y los demás volvieron a adjudicarse la propiedad en 1996. En el proceso debieron competir con el senador RN Sebastián Piñera, quien antes había manifestado interés por participar en el negocio televisivo, a todas luces el más rentable, política y económicamente, de las inversiones comunicacionales. Piñera es accionista en Lan Chile y Bancard y preside la Editorial Los Andes.
Dos estaciones son controladas por la Iglesia Católica, a través de la Universidad Católica de Chile (Canal 13) y la Universidad Católica de Valparaíso (Canal 5). Su línea editorial sigue los dictámenes del poder eclesial chileno y su conservadora cúpula de sotana, sobre todo en la estación capitalina.
En 1994, la Universidad de Chile, aquejada por falta de capital, liquidez y por problemas de gestión, vendió el 100% de Chilevisión (Canal 11) al grupo venezolano Cisneros, dueño de numerosas empresas del rubro en el continente.
El grupo liderado por el empresario Opus Dei Ricardo Claro es el principal accionista de Megavisión (Canal 9,) el primer y más importante canal privado del país. La estación mexicana Televisa tiene el 49% de la sociedad y CIECSA el restante 51%. A través de esta última firma, Claro maneja sus inversiones en el sector de las comunicaciones. Estrecho colaborador del régimen en los inicios de la Dictadura, el abogado Ricardo Claro Valdés es un empresario en extremo conservador que intenta, a través de una descarada injerencia en sus propios medios de comunicación, dictar pautas sobre moral y buenas costumbres. Su poder es ampliamente reconocido en el medio empresarial. Preside numerosas compañías, entre las que destacan Cristalerías de Chile (vidrios), Elecmetal (metalúrgica), Santa Rita (vitivinícola) y Compañía Sud Americana de Vapores (naviera). Además, Claro es dueño de Editorial Zig Zag, El Diario, Megavisión y Metrópolis Intercom. Esta última sociedad se divide el mercado de la televisión privada con VTR, compañía controlada por el grupo estadounidense United Global Com.
Con el cambio de administración en el país, se decidió transformar el esquema jurídico de Televisión Nacional de Chile (Canal 7), dotándolo de autonomía de los gobiernos de turno en lo económico y lo editorial. Su directorio es elegido por el Presidente de la República y ratificado por el Senado, convirtiendo a este canal en una oficina de relaciones públicas de la clase política oficial, sus acuerdos, consensos y silencios.
El cambio de voz
La nueva estructura del sistema de comunicaciones en Chile está construida sobre esa panacea llamada mercado y con la participación mayoritaria de cierto sector privado gobernado por la cruz y el dinero. Los medios ya no están asociados orgánicamente a partidos y directrices rígidas como ocurría hace unas décadas. Ello, sin embargo, ya no se requiere para la dominación.
En rigor, la dominación en este ámbito es practicada de un modo más sutil. Pocos creen en la ortodoxia de los medios omnipotentes, que determinan el pensamiento de la gente a través de una propaganda subliminal e hipnótica. Pero tampoco es menos cierto que los medios determinan pautas de acción y pensamiento, dirigiendo la conversación de sobremesa y el comentario de pasillo. No dicen tanto qué es lo que hay que pensar como sobre qué pensar. También es cierto que las pautas del consumo cultural se construyeron a la par de una nueva sociedad y un nuevo sujeto, consumista e individualista, y sólo la modificación de esa sociedad y ese sujeto puede modificar las pautas de dicho consumo cultural.
Los informadores crean opinión, pero también transfieren una realidad creada por otros sin mayores cuestionamientos. Las críticas aquí se encuadran en los límites de lo permitido. El velo de la objetividad oculta un status quo aceptado y consensuado entre políticos y para políticos. La información es procesada por agentes profesionales y los medios se transforman en coladores de una realidad que oculta las minucias de la vida cotidiana. Lo importante se estipula en función de quien dice lo que se dice, y quien habla no es más que quien tiene el poder de hablar.
En la lógica de un medio de comunicación masivo, el diálogo es imposible. Unos pocos hablan para los muchos. Una realidad difícil de derrotar con las mismas armas, si se considera que un periódico de alcance nacional requiere una inversión mínima de US$ 15 millones y el patrimonio de una estación televisiva supera fácilmente la centena.
Los medios de información descritos están gobernados, por lo general, mediante operaciones complejas y onerosas dirigidas por intereses económicos con claras motivaciones políticas. Empresarios que diversifican su acción hacia variables ideológicas que les permiten, sin embargo, conservar sus riquezas económicas vía mantención y perfeccionamiento -a su arbitrio- del modelo.
Cuando en la década del 80 surgieron, como respuesta y necesidad, numerosos medios de comunicación alternativos, dirigidos por y para la gente común, el poder temió aquella red popular en formación y la institucionalizó. Desaparecieron las radios populares, las revistas sectoriales y los videos caseros. Pobladores hablando para pobladores, estudiantes para estudiantes y trabajadores para trabajadores, todos periodistas de la vida diaria.
La comunicación alternativa es peligrosa para el sistema porque permite a los hombres dialogar y convertirse en sujetos colectivos y activos. No en masas informes, sino en espíritu común. La comunicación popular, entendida como conversación e intercambio, constituye otra forma de autonomía y de herramienta de lucha política. No como órgano de partido, sino como expresión de pueblo dialogando consigo mismo. Sólo con el diálogo, aquí, abajo, podremos concertar la muerte de los que se permiten hablar por nosotros, allá, arriba, dónde están los que gobiernan la información.


fuente: mercadonegro.cl